lunes, 31 de diciembre de 2012


Lascivo

I
Si supieras lo que causas
en mi retorcida mente
mientras gritas y estremeces,
mientras tu pelo se pierde
entre sabanas mojadas
de deseo y de deleite,
impregnadas, perfumadas
con fluidos pestilentes.
Muestra todos tus secretos
los que escondes tras tus faldas,
esas hojas que florecen
 al calor de mis alientos,
esa línea que divide
del oriente al occidente,
esa parte que domina
a mi espíritu insolente.
Y si acaso tu alma sientes
que se pierde en el infierno
no hagas caso de ese tenue
y vacío pensamiento,
mira lo que te rodea,
¿No es acaso este el cielo
y yo el dios de los deseos
más carnales y elocuentes?
Tu mi ardiente y blanca perla
más que el oro es lo que vales,
piel que emana sal ardiente,
boca suave, cruel, profunda;
ven y sálvame del tedio
que producen las morales
de las almas mojigatas
detestables y errabundas.

II
Y tu mientras lees esto
plebe inepta y puritana
te horrorizas y persignas
por mi mente endemoniada,
pero acepta que en el fondo
de tu maquillada sarna
desearías estar aquí
con mi deliciosa amada. 

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